Ejercicio de estilo




La necesidad es la mejor maestra.
La necesidad tiene la cara muy fea.
Por ende,
Todas las maestras son feas o
Todas las feas terminan de maestras o
Las mujeres necesitan administrar su fealdad con maestría o
Las maestras feas carecen de necesidades reales o
La necesidad otorga lecciones para eludir gente fea o
Ser feo es necesario cuando deseas amaestrar tu vida o
La gente se pone fea cuando pasa necesidad o
La condición necesaria para no afearse implica abrazar la ignorancia o
Para aleccionar a los feos es menester entregarse a una vida de ascetismo y renuncia o
Todos los conformistas y fracasados terminan siendo estigmatizados como personas poco agraciadas o
Si tu novia tiene una fea apariencia, la infidelidad se convierte en un mal necesario o
Es feo pasar necesidad sin la tutela adecuada de alguna maestra de la impudicia o
Es necesario poner caras feas para amaestrar a ciertos animales poco educados o
Es necesario cesar de decir cosas feas para aprender a aceptar a los demás.
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flatus vocis

La supervivencia es el más indigno y vergonzoso de los hábitos. La longevidad solo premia con cansancio a aquellos cuerpos vencidos por las piernas de los difuntos. Pero el peso ondulante de los muertos en nuestras cabezas carcomen, casi a tientas, la esfera íntima de nuestras ideas. Espectros armados con bisturíes de doble filo, bien dispuestos a cumplir su tarea de poblar tu mente de falsos dilemas e ilusorias contundencias. Los alaridos yacen adelgazados  e insomnes entre mordazas de miedo trasparente. Las rutas de escape gravitan inalcanzables, ante tus ojos, abriéndose paso entre la perseverancia de la memoria y la anatomía degradada de quienes osan demorar toda ventaja.
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Robinson Crusoe (CHAPTER IV-FIRST WEEKS ON THE ISLAND)

I now began to consider seriously my condition, and the circumstances I was reduced to; and I drew up the state of my affairs in writing, not so much to leave them to any that were to come after me-for I was likely to have but few heirs-as to deliver my thoughts from daily poring over them, and afflicting my mind; and as my reason began now to master my despondency, I began to comfort myself as well as I could, and to set the good against the evil, that I might have something to distinguish my case from worse; and I stated very impartially, like debtor and creditor, the comforts I enjoyed against the miseries I suffered, thus:

Evil

   + I am cast upon a horrible, desolate island, void of all hope of recovery.

Good
   * But I am alive; and not drowned, as all my ship's company were.

Evil
   + I am singled out and separated, as it were, from all the world, to be miserable.

Good
   * But I am singled out, too, from all the ship's crew, to be spared from death; and He that miraculously saved me from death can deliver me from this condition.

Evil
   + I am divided from mankind-a solitaire; one banished from human society.

Good
  * But I am not starved, and perishing on a barren place, affording no sustenance.

Evil
   + I have no clothes to cover me.

Good
   * But I am in a hot climate, where, if I had clothes, I could hardly wear them.

Evil
  + I am without any defence, or means to resist any violence of man or beast.

Good
   * But I am cast on an island where I see no wild beasts to hurt me, as I saw on the coast of Africa; and what if I had been shipwrecked there?

Evil
   + I have no soul to speak to or relieve me.

Good
   * But God wonderfully sent the ship in near enough to the shore, that I have got out as many necessary things as will either supply my wants or enable me to supply myself, even as long as I live.
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desencuentro

Si el amor es una coincidencia,

el desamor se trata de un accidente, dejado semisumergido

a merced

de la calmosa deriva de los océanos árticos.

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huidizo

Gustoso hubiese dicho la verdad. Sin titubeos habría articulado cada sílaba con la airada vanidad de un locutor de programa cultural. Pese a esa inclinación inequívoca de mi sinceridad no puedo consentir revelarme frente a quien no sabe escuchar. La verdad, nuestra e impura, emerge apenas para mostrar ruinas y corrosión, nunca remedia nada, sólo hace más patente los requiebros decadentes de la frágil naturaleza de las personas. Vivir con la verdad implica golpear tu propia fisonomía hasta desfigurarla entera. Esa cicatriz monosilábica se porta como una máscara que antes de ocultar, más bien desnuda. Las revelaciones evidencian la identidad de tus errores y ubicación precisa de las trincheras donde tu insensatez malsepultó los miedos vencidos por tu empeño de obrar a contracorriente.
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Asido de párpados y pestañas

Exageras cuando das por sentado que la lluvia cae del cielo, la sangre es apenas un líquido intravenoso (derramable y carente de todo valor metafórico), tu mirada extraviada es introspección, el viaje itinerante de las estrellas sacia deseos atragantados, la muerte trae paz a nuestros cuerpos extenuados, cerrar los ojos aplaca tu conciencia, todo tartamudo piensa con lentitud, la nieve derretida limpia el suelo, sólo creces cuando duermes, los relojes detenidos nunca marcan la hora con puntualidad, los insectos respiran aire puro o rindes tributo a la somnoliencia nocturna con la certeza de que todo sueño acaba cuando despiertas.
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penas

Desestimo la sabiduría nacida del sufrimiento. No existe redención en el dolor ni hay consuelo en el arrepentimiento. Sólo me doblego ante el acecho del miedo a las mareas cíclicas del tiempo.
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fin.

Ese año me detuve. Al punto de ser fiel al propósito de no intentar moverme jamás. Sepultarme en el hábito inconmovible de retener el aliento y la erguida firmeza de cada una de mis vértebras. Con pétrea convicción  asumí mi papel de testigo enmudecido de la naturaleza falaz de las personas. Inmisericorde rutina abrazada a modo tic nervioso inacabado.
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Viajero del tiempo

Hay días que me asalta la duda razonable sobre la realidad de mi existencia. La certeza innata de no haber sido del todo bienvenido en el mundo es común a la gran mayoría de las personas. Obligados a vivir con pertinaz empeño damos por trivial el olvido de nuestro origen. Sin embargo, pese a esa concepción rutinaria de la condición humana, me atrevo a presentir una trascendencia oculta en las facetas ignoradas de mi porvenir. Convertir el cuándo en dónde, trastocar el tiempo en espacio, hasta huir del presente inexplicable. Detrás de ese miedo interior a encontrar la manera de evadirse de las huellas del pasado y los indicios del futuro, ubicado justo en la cara posterior de mis globos oculares, se refugia el consuelo de permanecer impasible ante la ruina de un mundo necesitado de mi indiferencia. 
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amigo de lo ajeno

Con la madurez las modalidades complejas de la timidez pueden atrincherarse en lugares diferentes al silencio y la verguenza. Con el tiempo los refugios son tan hondos y densos que el miedo a manifestarse en público y espacios sociales son sustituidos por pasiones más superfluas. El oscurantismo de la vida interior  obliga a darle trato de materia inerte a todo cuanto se expresa como contingente demanda de atención. Se trata de la exteriorización de la voluntad de vivir en las instancias periféricas de la existencia. Justo alĺí, donde no estás tú, ni a nadie interesa posar su mirada.
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desierto sin nombre

En el origen de toda cosa reside la senda a seguir en el futuro. Ese estado de latencia lactante tiene rango de perpetuidad desfallecida. Por eso caer y arrodillarse nos permite mirar atrás a hurtadillas hasta esclarecer el comienzo de nuestro fin. Es un hondo desierto sin nombre que sepulta ilusiones y desesperanzas bajo la pisada irrevocable del paso del tiempo, solo con el propósito innoble de extraviar tu mirada en espejismos interminables.
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auricular

El amparo de las líneas telefónicas diluye la atmósfera personal de toda conversación. Hablar a distancia o por obra de cualquier otro artificio mecánico nos libra de dos males de la comunicación cara a cara. De la exacerbada sensibilidad hacia el interlocutor y de todos aquellos elementos perturbadores que podrían desviar nuestra atención momentánea a las palabras ajenas. No hay aliento u olor alguno, tampoco miradas, ni siquiera una fisonomía a la cual asociar la voz. Resulta obvio asociar estas condiciones con la puesta en práctica de conversaciones con márgenes de confidencia difíciles de tolerar para los enemigos fervientes de la franqueza.
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Liliputienses

Trabajo en un edificio alto con pretensiones de rascacielos. Mi mirada  a diario se asoma con vértigo a los 19 pisos que me separan del suelo. Mis palabras sonarán a vanagloria ridícula. Pero la verdad sea dicha, cuando mis ojos escapan en caída libre, apenas perciben un horizonte informe de suelo y polvo. Semejante a una mosca, ajena a su cautiverio trasparente, tropiezo con empeño rutinario en la ventana, sin saber dónde termina el afuera o dónde principia el adentro. En ciertas ocasiones, mi atención se posa en las personas minúsculas que transitan sin rumbo conocido mientras sumen sus pasos en andanzas hormigueantes. He calculado cuánto miden a efectos de la distancia visual. El espejismo óptico, demarcado por la estatura del edificio, susurra proporciones que siquiera superan los 4 milímetros. La medida taxativa y fidedigna surge de proporciones de alfiler liliputiense. Triste resultado de una pantomima de pinza, hecha sin otros enseres que el vacío imaginario entre el dedo índice y el pulgar de mi mano diestra. Por momentos, el delirio me hace pensar que puedo aplastar, a mi antojo, cada una de las cabezas zigzageantes, en un juego de decapitaciones microscópicas sin propósito definido. Luego recapacito. Es una idea tan descabellada como dar albergue a la esperanza de tropezarme con alguna cara amistosa en mi camino de regreso a casa. Mi presencia intangible en el mundo acaso tendrá un sentido. O el enigma se afianza con la imposibilidad física de encontrar empatía en los otros. Es extraña la sustancia desolada de esta grandeza cabizbaja de hombre encumbrado en las alturas de un edificio. Es como ser grande sin tener pies propios, debe ser la sensación tácita al sedentarismo desvalido de los árboles, seres de ramas móviles y raíces enterradas a perpetuidad.
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lecho marino

Para idearme un futuro acorde con mis ilusiones requiero aferrarme a la imaginación. Para mi pesar, en el trato con mi pasado, también debe mediar la fantasía, si aspiro a no permanecer sepultado en vida por gracia del rudo lastre de recuerdos mal digeridos.
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Descubierto

De pequeño fantaseaba con ser invisible. Con el pasar del tiempo una actitud silente junto a un andar quedo y monosilábico casi me convencieron del arte de mis propósitos. Mi equivocación se manifestó evidente con la llegada de la madurez y los cambios fisonómicos inherentes a ella. El disimulo no pudo esconderme de la vergüenza de ser observado. La inquietud de mis ojos delataban de antemano la crudeza de un mundo interior en todo su inestable hermetismo. Luego de serios desencuentros descubrí que, pasar inadvertido, requiere de cierto combustible interior difícil de cultivar. La introspección es como la luz violeta alrededor de una llama a punto de extinguirse. Sin duda, el sigilo es un hábito despojado de las secuelas visibles de los vicios más vulgares. Hacerse invisible se compara, más bien, a ese morbo que acompaña tu mirada esquiva cuando sucumbe a la tentación de posarse sobre la imagen de un rostro desfigurado o la deformidad física de una persona, tornada de pronto, en inesperada compañera de viaje en el ascensor de tu edificio. La sensación análoga consiste en encerrarse detrás de los marcos de un espejo imaginario mientras imaginas no ser visto, a eso precisamente me refiero.

Por otro lado, escurrirse implica moverse entre los sonidos de un mundo escandaloso y dotarse de una apariencia casi invariable. Emparedarse en rituales cotidianos predecibles bastante cercanos a los esfuerzos de rendir tu aliento durante una inmersión submarina. Nuestro paso por el mundo deja tras sí un rastro sonoro mayor, sin temor a dudas, a la evidencia visual, el ruido es la estela más hiriente a la vista de aquellos interesados en darnos alcance.
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miopía lateral

Reconozco la familiaridad de los rostros desconocidos cuando mi mirada perdida acertija el horizonte blando de mis caminos hechos hilachas. Cuando el tránsito banal de mis pies atestiguan cansancio y me encajan, con precisión inconforme, al abrigo abultado de las multitudes. Es el lugar espontáneo donde prefiero descubrir el espejismo de un presente que me contempla, mientras sondeo los extravíos de mi memoria. Encuentro la volatilidad de similitudes pasajeras en el semblante itinerante de esas caras en fuga lateral, devenidas de pronto en recuerdo fosilizado de un pasado exprimido por mi mente agotada. Alucino con la somera posibilidad de recrear en ausencia el retrato  de fisonomías sepultadas por el paso del tiempo y la ajenidad de recuerdos trasfigurados en sueños desvencijados.
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Cielo abierto

Debe existir una palabra para nombrar el vértigo que embarga a quien mira el cielo en toda su vasta amplitud. El arriba, suerte de acertijo de bizcos, tuerce cuellos a voluntad. Revela la inanidad de cualquier pensamiento humano. Toda cavilación, abovedada bajo la cerradura de la premeditación, resulta descubierta en su flaqueza, cuando nuestros ojos desorbitados se asoman al interminable talante de todo cuanto flota sobre nuestras cabezas. Contemplar la danza de las nubes a la deriva hipnotiza hasta la imaginación más gris. Con pasmo asistimos a nuestra vanidad hecha trizas y damos cobijo, sin saberlo, a la indisciplina del abismo aplastante que nos sirve de techo. Nuestros deseos, sin cabalgadura, se encumbran a la sombra de esos cirros de enfilada ingravidez. Quiero irme a la caza del olvido de mis pies y no volver a "pisar la tierra". Anhelo dormir arrullado por los hábitos vocingleros del viento seco y las lágrimas bien escurridas de mis párpados entumecidos. Salvaje espejismo, que para cegarme, se vale del esplendor peregrino de un rayo de sol y el hastío de pertenecer al mundo. 
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pathos

Cualquier padecimiento, sin distingo, cualquiera sea su gravedad, naturaleza  o manifestación sintomática, genera alrededor cuotas equivalentes de aversión y cautela. Ya sean males de secuelas visibles, o  bien, dolencias imaginarias de achaques de fragua aprendida, todas las enfermedades resultan contagiosas a ojos de los sanos. Cualquier deterioro de cuerpo o mente trae consigo el distanciamiento y guardia en alto del resto de los mortales. Esa lejanía marcada de tus congéneres confiere el inexorable carácter de pestilencia hasta a la más mínima alteración de la salud. Puede expresarse ella en insana condescendencia, indiferencia absoluta o reservas permanentes hacia los requiebros agónicos de tu organismo.
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Placidez insular

El gobierno de los instintos sobre la razón adelgaza nuestros pensamientos.  Sin embargo, bien quisiera sepultarme en vida en las zonas no civilizadas de mi mente. Engullir a trozos las riendas de mi sensatez hasta sumergirme en el atavismo de los apetitos sin hartazgo posible. Esa insularidad a la deriva surca los confines del prejuicio y la laguna mental. La añoranza de la Plácida Isla de la Ignorancia se abre paso entre una mezcla de sentimientos encontrados  (por obra del azar). Dime cuándo atracaré finalmente en el puerto  del olvido del pasado tormentoso.
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cuesta abajo

Envejecer es un ritual aparatoso, urgente y sin término aparente. Atroz maniobra de superviviente de cara al olvido de sí. Abrazar el componente alucinatorio de la realidad en cada atisbo de pensamiento. La voluntad propia atardece y, esquiva, parece empujarnos a tropiezos accidentados hacia el anonimato. Son el respeto reverencial y el trato distante de los jóvenes, estigmas, que nos recuerdan la invisible huella de nuestro tránsito veloz entre las sombras confusas y caretas fantasmales del mundo conocido.
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sepulturero insomne

Le pregunto a todos mis ancestros muertos de huesos carcomidos.

Qué diferencia existe entre un pensamiento inconfeso y un sueño incomprensible.

No recibo respuesta.

Apenas el techo silente de grises madrugadas. Es el parpadeo insomne de quien se desvela por mantenerse en sus cabales.
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causa y efecto

Todas las respuestas de la vida conducen a la única y asible certeza:

Жизнь отстой
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Laberinto rectilíneo

Recorro a ciegas la esbelta continuidad de los rieles dispuestos bajo mis pies calzados, mientras me aferro a la ropa debidamente escogida antes de la salida del sol, para nada ignorante de mi destino, anticipo la llegada en el ruido metálico y el desequilibrio de mis brazos sin asidero. La rutinaria incomodidad de la maroma de mantenerse en pie, entre las estrecheces de un espacio asediado por la aplastante compañía de las muchedumbres, signa el movimiento gravitatorio de cuerpos estacionarios y obsesos de puntualidad. Descubro la reveladora certeza de cómo el túnel rectilíneo puede tornarse de pronto en laberinto. El extravío de no saber dónde me encuentro está determinado por la extrañeza ilegible de cartógrafo analfabeta. Mi tránsito de prisionero aborda la ignota oscuridad de un encierro rodante sin esquinas y sendas emparedadas tubulares. Este cotidiano infierno cilíndrico de emanaciones corporales viaja con paso envolvente hacia la oscuridad vencida por luces intermitentes. Sin rezago el milagro puede obrarse en nombre de una enfilada locomoción eléctrica. Quien se abre paso, entre una intimidad fraguada sin consentimiento y un contacto físico sujeto a los caprichos anónimos de las grandes aglomeraciones, busca hacerse de un lugar en el mundo de las peregrinaciones sin objeto.
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Inercia vegetativa

Apelo a esa maldad recóndita e instintiva para sobrevivir al lastre de la lentitud.
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espina dorsal

No me persigo para dar alcance a mi cuerpo de espaldas, sino más bien mastico alternativas que me permitan escabullirme.
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UCRONÍA

Salvo el poder de la ensoñación con circunstancias negadas por el contundente peso del presente, y agazapadas dentro de los márgenes nutricios de la imposibilidad. Me refiero a que esa situación actual, aborrecida y desdeñada, como fuente de la desdicha, es fácilmente abrazada con indulgente resignación por obra de la costumbre. Sin embargo, pensar, sin mezquindad, en las alternativas brindadas por las sendas donde se desvió nuestro camino, y se torció el destino que nos trajo hasta aquí, es una fantasía recurrente. Pensarse otro, es, en muchos sentidos, preguntarse sobre la apariencia de nuestra vida si pudieran enderezarse las esquinas de instantes remotos. El juicio emanado de situaciones hipotéticas tiene el regusto condicional de la fuga a un tiempo apacible donde nuestros errores no nos pesen. La huella del pasado inalterable está tatuada con la fijeza de un trauma cada vez que arrastramos los pies, damos vuelta porque creemos ser espiados por un extraño, cuando olvidamos el contenido de nuestros bolsillos o, por casualidad, el ocio nos sorprenden fabulando con la apariencia infantil de nuestros padres.
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Lobotomía química

La vela derrama su cuerpo en el suelo que la sostiene. Debilitada en sus cimientos, la carne desfigurada adquiere formas caprichosas y enmascara su rostro hasta tornarlo irreconocible ante el espejo. La desnudez descuartizada de una anatomía en caída compone un cuadro que sólo alcanza consuelo en el horizonte rayano del piso. El combustible son los sesos licuados en busca del estupor. El incendio presentido en la destrucción voluntaria de una memoria averiada que, sin reparar en motivos, emprende un viaje a la caza de los yerros de una  inconveniente percepción de la realidad. Mezcla indivisa de culpa y exhibicionismo de la intimidad, en el proceso, migran al vacío las formas coherentes de la conciencia. Complaciente sangría de curandero, que so pretexto del buen andar y supervivencia, sacrifica las cadencias naturales y los requiebros congénitos más caros. Es el sufriente tránsito a la abolición del yo.
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mono LOGOS

Los monosílabos son las palabras más elocuentes.

Son el credo de los hombres invisibles,

y el camuflaje obvio de los secretos represados por la vergüenza.
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Yoes

El deseo es una pulsión trasgresora. Crece con la prohibición y recorre la senda vedada por alternativas imposibles. Todo depende de una coincidencia que se revela en desgarradura fisonómica sin escondrijo posible. Las barreras antepuestas a las relaciones con el otro intensifican el misterioso regocijo de desconocerse en manos ajenas. Ese arrullo ensordece discernimiento, voluntad y los instintos de conservación. Una suerte de asfixia envolvente rodea el hecho de mostrarse dócil e inerme frente a una persona ansiada en nombre de los sentimientos más nobles. La entrega te columpia hacia un lance ciego y autodestructivo. Quien sobrevive no eres tú, más bien, una transfiguración simbiótica y alterada; una criatura bicéfala, que resulta una imagen bastante estropeada de tu vida pasada. Yacen apacibles los ratos de soledad, el vértigo ante lo desconocido y los aparejos tensos del amor propio.
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De espaldas

El camino de regreso siempre es empinado.
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foso gravitatorio

Las razones del suicida no admiten discusión. En su proclama, silente y encriptada, afianzan un desprecio por la vida. En ese desdén guardan enfundado el secreto de las despedidas. Enterrarse en vida sin ataduras ni desconsuelos hasta cavar un foso donde yacer en paz, para luego descoyuntarse de bruces con los ojos bien abiertos. Se trata de un atajo que nos ahorra el esfuerzo de presenciar nuestra adolorida ruina corporal.
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NEOTENIA

El término identifica a cierto atributo exclusivo del ser humano. Es la capacidad de conservar la apariencia pueril en el tránsito a la madurez, es decir, la presencia de características corporales propias de la infancia en etapas de la vida adulta. A medida que aumenta la longevidad humana también se agudiza el fenómeno de la neotenia. En realidad corresponde a un  mecanismo evolutivo de supervivencia de la especie. Resulta natural que al ser simios excepcionales se tengan francas dosis de ambiguación taxonómica. Entre esos rasgos destaca la piel lampiña, la orientación hacia delante de los pies, el cuello erguido en exceso y suficientemente largo para distanciarse del tronco, además, las proporciones equitativas entre las dimensiones de las orejas y el tamaño de la cabeza. Otras especies de mamíferos se van desfigurando progresivamente hasta resultar irreconocibles, ya sea producto del envejecimiento , o debido a su relación parasitaria con la naturaleza en procesos de metamorfosis drásticos.
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tecnofobia

El alumbramiento de la era tecnológica reprodujo la crédula y exagerada confianza en el futuro bondadoso de máquinas benefactoras. El progreso técnico visto como oportunidad providencial y agente facilitador de la vida cotidiana no es un mero tópico cultural. De esta huella que impregna el origen de la sociedad mecanizada, emerge la idea fundante de que el mundo técnico, nos depara un sinfín de bondades y que su llegada viene a hacernos la vida más fácil; tras esta promesa, mil veces postergada, se esconde el gran fiasco del Progreso. Sin embargo, la trama de la vida cotidiana desmiente que los aparatos y artefactos aligeren con gracia y diligencia nuestro tránsito mundano. Más bien es frecuente sucumbir a errores cuando se instrumentan esfuerzos para operarlas. La tecnología es absorbente y genera dependencia. Por esta razón, el futuro prometido, hechura de nuestro presente, ha tornado amenazante la presencia de las máquinas ya que no podemos vivir sin ellas. Toda una dependencia asfixiante que reduce nuestra voluntad propia a un gestual remedo de autómata. Nos  familiarizamos tanto con el artificioso talante de la tecnología, que su naturalidad aparente es la única señal de identidad en un mundo sin perspectivas genuinas. Hemos llegado al extremo de aceptar su presencia artificial con gusto y sin objecciones,  apenas para conformarnos con una realidad a todas luces aborrecible: la labor silente de los chismes mecánicos hace fútil cualquier actividad que prescinda de su intervención. El acto cotidiano de subir y bajar escalones de metal correctamente engranados, podría redundar en la extensión de automatismos que extingan la locomoción propia del desplazamiento físico. La atrofia a largo plazo de las extremidades humanas, superiores e inferiores, justamente aquellas partes del cuerpo que procuraron el ascenso de la civilización antropocéntrica.
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techumbre a ras de piso

A medida que envejezco el tiempo parece acelerarse. Al punto que los edificios aparentan crecer de la nada y se yerguen sobre los cielos sin esfuerzo alguno. Tal vez no advierto el verdadero origen de la velocidad del mundo. Quizás tampoco reparo en la naturaleza del confinamiento que me hace perseverar en el hábito de permanecer de pie. Quisiera tener algo más lógico que decir. En el fondo, el asiento de las sinrazones más pertinaces son las lagunas mentales que me cercan. El nombre que me conferiste es inapropiado. No me califica ni me desconoce. Huye mientras todavía queda ahínco en tus piernas.
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14/12/1975

La luz desgastada se cuela agónica sobre nuestros párpados entreabiertos y las sábanas vencidas por nuestra inquietud nocturna. En ese instante de pereza en fuga amanecemos juntos. La sintonía física, metafísica y fisiológica al fin nos hace partícipes de la dicha incolora de sabernos el uno para el otro.
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azar cúbico

Las monedas son dados de dos caras usados erróneamente para comprar cosas. Existe un país donde se retiraron las monedas circulantes, se distribuyeron dados como dinero de curso legal. Paso a explicarme sin mayores preámbulos, las monedas sirven para tomar decisiones azarosas y echar a la suerte dilemas inciertos, es decir, dirimir disputas mediante el arbitraje implacable de una moneda lanzada al aire (apuntando hacia al cielo). Tal vez es una manera de dejarlo todo a la justicia celestial. Pero, dime por qué los dados no pueden tener un valor en el intercambio comercial y el canje mercantil, por qué no pueden suplir a las monedas para comprar, de la misma forma que estos cilindros planos bifrontes (mutilados trasversalmente) usurpan las competencias y atribuciones cabalísticas de un par dados entrechocando. Su trajinar desbocado genera más esperanzas que cualquier vuelto de mandado. Propongo la gran revolución, de ahora en adelante pagar las necesidades materiales con estos sólidos de facetas multiformes. Reivindico el poder adquisitivo dormido en esos cubos de esquinas gastadas y menospreciados en su intrínseco valor monetario .

Le apuestas a Cara o cruz, o tal vez prefieres jugártela con el doble seis. A fin de cuenta todos venimos al mundo por obra del azar y nos abrimos paso a codazos en busca de una fortuna bastarda que nos salve de la ajenidad del mundo. Hijos insulares de la casualidad vamos a la deriva en el camino empedrado del tiempo extinto y un calendario agonizante.
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tiempo a cuestas

Llegó la hora de mentar lo indecible. El último e impreciso minuto transcurre silente. La puntualidad de los relojes detenidos siempre atrapa la mirada perdida de los sustratos de mi vanidad miope. Ese estupor contemplativo es solo comparable al inerte espectáculo del tránsito flotante de las partículas de polvo mientras atraviesan los rayos de luz. Cualquier mecanismo de relojería, sumido en la atrofia desvencijada de su paroxismo, puede funcionar, es decir, marcar la hora exacta dos veces al día. Sólo se requiere de dos casualidades eventuales para que el milagro obre y la condición ruinosa de aparato roto pase inadvertida a ojos del viandante. La convicción eterna de marcar la hora de cuando se detuvo por primera vez o se movió por vez postrera, depende desde qué ángulo se aprecie, crea la ilusión convincente de que el utensilio aún puede medir el tiempo en fracciones inteligibles.


Existen relojes de sol, de arena, clepsidras, binarios, de cuerda y pulsera, incluso de baterías y con agujas dispuestas a recorrer redondas esquinas, otros distinguidos con agudos rostros esquinados, pero todos, sin lugar a cuestionamientos de catálogo, responden al mismo propósito de rendir coordenadas antes, durante y después de la jornada diaria a almas presurosas y cuerpos doblados por la puntualidad vencida.
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Farsa evidente

Cuando asumes la farsa como estrategia de vida, no queda otra aspiración que reptar sin escándalo entre la muchedumbre. El subterfugio se aferra al deseo de ser verosímil con la fijeza estatuaria de un remordimiento indigesto. En la naturaleza del farsante, la mentira alcanza una relevancia equiparable al instinto de supervivencia. Esa obsesión fatídica y estadio de voluble sinceridad llevan a reflejarse en la esperanza vana de ser auténtico. La sombra proyectada en el rostro de sus pares luce convincente hasta acobijar a un número abultado de aduladores.  La pantomima es el refugio obvio para quien huye del compromiso de averiguar quién es. El gesto emana la elocuencia retórica de despedidas más próximas a un "hasta nunca" sostenido y agudo en el tiempo.
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sueño

La maldición del sonámbulo consiste en no reconocer la autoría de sus propias acciones. En recordar con precisión amnésica su lugar en el mundo. Deambular al son de un delgado bostezo sin término.
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Nornas cibernéticas

Sangrando lava, las cordilleras de Verdandi comenzaron su misión exterminadora sobre la faz del desolado valle. Los pocos colonos sobrevivientes luchaban por rescatar sus pertenencias y llegar al transbordador. El cielo enrojecido anunciaba la llegada del final. Miles de años después de haber abandonado la tierra, los seres humanos se habían acostumbrado a errar de manera inexorable. Sus poderosos esclavos de acero, veían impertérritos repetirse los desmanes planeta tras planeta. Habían conquistado y destruido cientos, ¡miles!. La monstruosa nave-ciudad iniciaba la cuenta regresiva. Las almas menos afortunadas se apiñaban sobre la rampa de acceso gritando y atropellándose. Una compuerta implacable comenzó a cerrarse imitando a una vieja compactadora de basura. No todos entraron. Afuera quedaron cientos que, en la imposibilidad de huida, se entregaban a rezos desconocidos. También quedó Él, con la mirada sobre el punto de fuga, perdida toda esperanza. Él, único de su especie, un androide cualquiera olvidado para siempre en un planeta agonizante. Llegó la última hora, los gases tóxicos emanados del interior del planeta comenzaron su proceso de extinción. Terribles úlceras de piedra dejaban fluir sus venenosos humores por la superficie. Unas manos le suplicaron ayuda, pero no las pudo sentir. Bajo el cielo rojizo fueron cayendo cientos de cuerpos sin vida. A los pocos días los quejidos cesaron, sin embargo la mirada del robot continuó fija en el cielo en la incapacidad de cumplir su labor al lado de su “amo”. Pasaron las semanas, los meses y los siglos. Y allí, cubierto de polvo, esta única prueba humana mantuvo fija su mirada sobre un único punto. Mil años pasaron y de manera casi imperceptible el ojo electrónico se desvió una fracción infinitesimal de grado para encontrar la imprecisa luz de Urd, una azulada estrella gigante. Permaneció fijo en ella otros mil años y al cabo de ese ciclo, llegada la noche del último año, del último día, el androide decidió observar toda la galaxia. Un cielo profundo y estrellado exhibía un esplendor imposible. El rostro metálico no mostró signos legibles a la percepción humana, sin embargo, de manera sorpresiva bajó la vista y con el polvo de una historia enmudecida comenzó a vagar sobre la faz de aquel planeta muerto, sobre aquel vacío vital. ¿Qué habrá pensado? ¿Se habrá resignado a su destino? ¿Sentiría curiosidad? Nadie se planteó estas preguntas pues nadie estuvo allí. A nadie le importó y nadie lo supo nunca. ¡Qué planeta tan vasto! ¡Qué magnífica soledad!


Alberto Magno

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