El camino de regreso siempre es empinado.
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foso gravitatorio
Las razones del suicida no admiten discusión. En su proclama, silente y encriptada, afianzan un desprecio por la vida. En ese desdén guardan enfundado el secreto de las despedidas. Enterrarse en vida sin ataduras ni desconsuelos hasta cavar un foso donde yacer en paz luego descoyuntarse de bruces con los ojos bien abiertos. Se trata de un atajo que nos ahorra el esfuerzo de presenciar nuestra adolorida ruina corporal.
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charming
Los déspotas simpáticos y sus políticas de parvulario
El filósofo alemán Peter Sloterdijk, perteneciente a la primera generación posterior a la barbarie nazi, ventila una idea nada peregrina sobre el peligro representado por la incursión de “infantes crecidos” en la arena política y demás asuntos del Estado. La referencia forma parte del lance retórico que acompaña un pequeño ensayo sobre la tolerancia y la vida política intitulado En el mismo barco. En concreto, se refiere al riesgo que comporta para una sociedad la incursión de niños mayores en los asuntos del Estado, es decir, la conducción pueril no permite a algunos dirigentes el reconocimiento de las fronteras entre una política posible y el ensueño quimérico, este vicio constituye la mayor fuente de estropicios a las libertades públicas. Ese principio tiene mordiente en la medida que, condensa en sí, una crítica atroz a la diferencia que marcan los hombres envilecidos por el poder absoluto que “juegan a dioses” en la gestión del Estado.
De alguna manera, el Estado totalitario tiende a abordar por asalto las instituciones democráticas y el andamiaje institucional porque son la vía precisa para apresar las libertades de los individuos y el entorno cotidiano donde se desenvuelve la comunidad. Se trata de un ajedrez peligroso que implica una vida civil reducida a reglas de marginación no escritas y acuerdos tácitos de silencio cómplice de parte de sectores de la población. Esa fascinación carismática que despertaron los líderes fascistas de la talla de El Führer o Il Duce en multitudes enceguecidas, en nombre de un ideal utópico, es una relación benefactora, que muchas veces opera bajo la égida de un lazo emocional de corte paternalista que acalla el discernimiento.
Es una seducción permisiva que lleva a atribuir facultades mesiánicas a seres provistos de cualidades para explotar a su favor las frustraciones de las mayorías en rezago. En este territorio se admite el gobierno de los instintos por encima del ejercicio de la inteligencia, tal como reseña el sobreviviente Primo Levi en su locuaz testimonio de la Shoá, en particular en el fragmento sobre el origen del odio fanático de los nazis hacia el pueblo judío. Éste es el sentido último de la sugestión momentánea que explica las sin razones detrás la perpetración de los crímenes más horrendos de la historia de la humanidad ante la mirada impávida y la complicidad de gente común y corriente: “lista a creer y a obedecer sin discutir”. Si es así, es ésta y no otra la explicación detrás de su silencio y escasa sensibilidad frente al genocidio en curso. En su pequeño opúsculo sobre la libertad, el pensador Isaiah Berlin llega a condensar el sentir colectivo que sirve de germen para el asiento de déspotas redentores:
“Puede que me sienta oprimido en el sentido de que no se me reconoce como un ser humano individual y autónomo. Pero también puede que me sienta oprimido en tanto miembro de un grupo no reconocido o no suficientemente respetado. Entonces desearé la emancipación de toda mi clase, de mi comunidad, de mi nación, de mi raza o de mi religión. Y puede ser tan fuerte este deseo que, en mi amargo anhelo de esta condición, prefiera el chantaje y el mal gobierno de alguien de mi propia raza o de mi clase social, por el que a fin de cuentas soy reconocido como ser humano y un competidor –es decir, un igual-, al trato correcto y tolerante de alguien de un grupo superior y distante, alguien que no me reconoce por lo que quiero sentir que soy” (Berlin, Isaiah, Dos conceptos de libertad:2001)
En este punto, entra en juego, el asunto de la intolerancia política apreciada como trinchera al saco de inconformidades de cualquier pueblo en un momento dado. Es el consabido tabú cobertor de la culpa y mala conciencia alemana frente a la historia de esos años, sin embargo, en la última década la sociedad germana ha empezado a hacer revisiones históricas, sino indulgentes, si más abiertas a lo sucedido en aquella época del III Reich. Al punto que cuando se adelantan estudios y refieren casos de intolerancia política desbordada, el régimen nazi es casi un caso ejemplar de laboratorio. Hannah Arendt fundamenta sus estudios sobre el totalitarismo en el régimen de exterminio y persecución nazi a los judíos. El líder en un acto de sugestión cuasi metafísica vulnera los límites de la conciencia y pasa a tratar al pueblo entero en calidad de prole irredenta. Ese vasallaje queda arropado en un misticismo, ya que pauta la empatía del líder con sus connacionales en términos que responden a una unción no racional e intuitiva.
En este caso, el extremismo político adquiere francas dosis de fundamentalismo religioso o, dicho de otra manera, de devoción secular. El manejo de las emociones negativas de las mayorías que se sienten desplazadas le otorga gran poder de penetración a la retórica de este tipo de dictaduras. Por eso los regímenes de este tipo apelan a sentimientos de corte nacionalista y revanchista, debido a que a invocan los componentes atávicos de violencia y el odio más primario del ser humano. La xenofobia es un ejercicio exacerbado del amor a la patria, por eso resulta ser un catalizador estupendo para la manipulación política en tiempos de convulsión social. En este sentido, el miedo a la otredad es una cosecha eficiente para semejantes fines, por su capacidad para desviar la responsabilidad propia en estados de ruina y degradación de las sociedades democráticas.
El líder, engrandecido por traumas históricos no resueltos, promete lo impensable a quienes desean encumbrarse en las bondades nutricias del País de la Jauja. La restauración que ofrenda semeja al linaje divino de los Estados absolutistas. El poder omnímodo que va acumulando el caudillo obedece a su deseo abierto de encarnar en sí toda la estructura del Estado.
De acuerdo con estos parámetros medulares se tejen las tramas para doblegar las reservas morales de una sociedad hasta hacerla cómplice del cierto tipo de terrorismo de Estado. Sin embargo, la escalada de la persecución y descarga de resentimientos crea afinidades fundadas en estereotipos. El proceso es una violación masiva de los derechos humanos que solo puede ser comprendida en toda su plenitud, una vez se produce el desalojo del poder. Su capacidad de exterminio de la disidencia y la construcción de una homogenización del pensamiento le vale su permanencia duradera en el poder. La eliminación de la diferencia es abrazada como una causa común que consolida la cohesión social de la comunidad.
El líder, engrandecido por traumas históricos no resueltos, promete lo impensable a quienes desean encumbrarse en las bondades nutricias del País de la Jauja. La restauración que ofrenda semeja al linaje divino de los Estados absolutistas. El poder omnímodo que va acumulando el caudillo obedece a su deseo abierto de encarnar en sí toda la estructura del Estado.
De acuerdo con estos parámetros medulares se tejen las tramas para doblegar las reservas morales de una sociedad hasta hacerla cómplice del cierto tipo de terrorismo de Estado. Sin embargo, la escalada de la persecución y descarga de resentimientos crea afinidades fundadas en estereotipos. El proceso es una violación masiva de los derechos humanos que solo puede ser comprendida en toda su plenitud, una vez se produce el desalojo del poder. Su capacidad de exterminio de la disidencia y la construcción de una homogenización del pensamiento le vale su permanencia duradera en el poder. La eliminación de la diferencia es abrazada como una causa común que consolida la cohesión social de la comunidad.
Los desmanes contra el Estado de Derecho y la democracia se basan en la eliminación de la libertad de opinión, la disolución de la separación de poderes públicos y cualquier indicio de pluralismo político. En el caso del nazismo, la sociedad civil fue perseguida por ser un campo fértil para la sedición y el pensamiento crítico. Las inconformidades frente a la avanzada ciega hacia el ascenso de un régimen monolítico de personas sumisas. La oratoria incendiaria de Hitler era abierta en amedrentamientos a valores tradicionales como la democracia, la libertad y el humanismo, y cualquier praxis que fomente el disenso a su voluntad autoritaria. Aunque el caso de la Alemania nazi es un fenómeno histórico, las correspondencias establecidas con casos posteriores de abuso hegemónico del poder, resulta automática.
Los postulados del nazismo, descritos por Primo Levi, derivaron en el genocidio más sistemáticamente perpetrado del que se tenga registro. Para los nazis la democracia tenía una connotación peyorativa y la construcción de antagonismo entre la ciudadanía se fundamentaba en el ingenio de un imaginario cultural específico. La atmósfera política que permitió el ascenso del nazismo no sólo instrumentó las condiciones para la consolidación de un Estado criminal, sino también el establecimiento de doctrinas legales de primacía racial y segregación fundadas en la pertenencia a un grupo étnico determinado, que siguen siendo únicas en la historia humana y modelaron las leyes internacionales contra tales desmanes. De igual modo, la propaganda nazi y el antisemitismo de las Leyes de Nuremberg cercenó la ciudadanía de los judíos alemanes y un parte sensible de personas pertenecientes a minorías. La potenciación del conflicto interno fomentó un ambiente de guerra civil. Asimismo, se negó el derecho a tener derechos de un inmenso colectivo de personas simplemente por su pertenencia identitaria a un determinado grupo.
El Estado nazi se ufanaba de haber hecho todas sus acciones en el marco de la legalidad inobjetable. Al desmontarse la máquina de exterminio, algunos sectores de la sociedad alemana alegaron ignorancia para exonerar su mala conciencia con respecto a lo sucedido. La prédica nazi orquestó todo su aparataje de promoción de los derechos del pueblo alemán con un discurso con fines aparentemente nobles y benignos. No obstante, el curso de los acontecimientos reveló que la defensa del “bien común” del pueblo alemán supondría la opresión y sojuzgamiento de los pueblos vecinos, con desprecio cabal que estaba justificado en la aparente bastarda condición de pueblos inferiores. El totalitarismo no ahorra palabras en proclamar justa sus banderas fascistas. La construcción de castas y jerarquías es un artificio necesario para que los jefes carismáticos troquen sus viles intenciones en airada buena voluntad y cruzada histórica.
En el libro de Arendt, Eichmann en Jerusalén, se examinan las aristas nefastas de la banalización del mal. Un proceso histórico de revisionismo histórico o amnesia voluntaria lleva a grupos a restar importancia a las dimensiones de un genocidio con el objeto de reducir su condición de crimen deliberado. Esa tendencia es valedera en muchos casos de exterminio contra un género determinado de personas. Si el crimen de alguno no es otro que su pertenencia a un grupo étnico o una condición inherente a su identidad, no existe coartada ni argumento de guerra razonable para justificar la estrategia política detrás de una violación de los derechos humanos de una comunidad entera. Por ejemplo, aquel alegato según el cual la solución final fue el resultado de un elaborado programa de eutanasia establecido tiempo antes de las leyes racistas de Hitler, no resta monstruosidad a los crímenes del III Reich, más bien compromete aún más al Estado alemán.
Por otro lado, el resquebrajamiento de los dispositivos democráticos ya existentes incluyó la persecución de grupos sociales en situación desventajosa por su escasa identidad con el régimen. La filiación con los nazis era para muchos el único camino para salvaguardar sus propios derechos ciudadanos. Para que exista democracia el bien común no puede significar la eliminación del ejercicio pleno de las libertades. Además los derechos humanos son la garantía inamovible que sirve de dique a las fuerzas devastadoras de la fractura social en momentos de crisis. Si la democracia es el único sistema conocido para organizar el conflicto social. La abolición de las instituciones democráticas siempre tendrá el mismo desenlace fatídico expuesto en todo su terrorífico esplendor en el caso de la dictadura alemana de Adolf Hitler. El ejercicio piadoso de defensa de la categoría genérica de pueblo puede dejar guarnecido una enorme parte de la población, incluso a largo plazo a aquellos que parecen sentirse temporalmente redimidos.
NEOTENIA
El término identifica a cierto atributo exclusivo del ser humano. Es la capacidad de conservar la apariencia pueril en el tránsito a la madurez, es decir, la presencia de características corporales propias de la infancia en etapas de la vida adulta. A medida que aumenta la longevidad humana también se agudiza el fenómeno de la neotenia. En realidad corresponde a un mecanismo evolutivo de supervivencia de la especie. Resulta natural que al ser simios excepcionales se tengan francas dosis de ambiguación taxonómica. Entre esos rasgos destaca la piel lampiña, la orientación hacia delante de los pies, el cuello erguido en exceso y suficientemente largo para distanciarse del tronco, además, las proporciones equitativa entre las dimensiones de las orejas y el tamaño de la cabeza. Otras especies de mamíferos se van desfigurando progresivamente hasta resultar irreconocibles, ya sea producto del envejecimiento , o debido a su relación parasitaria con la naturaleza en procesos de metamorfosis drásticos.
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tecnofobia
El alumbramiento de la era tecnológica reprodujo la crédula y exagerada confianza en el futuro bondadoso de máquinas benefactoras. El progreso técnico visto como oportunidad providencial y agente facilitador de la vida cotidiana no es un mero tópico cultural. De esta huella que impregna el origen de la sociedad mecanizada, emerge la idea fundante de que el mundo técnico, nos depara un sinfín de bondades y que su llegada viene a hacernos la vida más fácil; tras esta promesa, mil veces postergada, se esconde el gran fiasco del Progreso. Sin embargo, la trama de la vida cotidiana desmiente que los aparatos y artefactos aligeren con gracia y diligencia nuestro tránsito mundano. Más bien es frecuente sucumbir a errores cuando se instrumentan esfuerzos para operarlas. La tecnología es absorbente y genera dependencia. Por esta razón, el futuro prometido, hechura de nuestro presente, ha tornado amenazante la presencia de las máquinas ya que no podemos vivir sin ellas. Toda una dependencia asfixiante que reduce nuestra voluntad propia a un gestual remedo de autómata. Nos familiarizamos tanto con el artificioso talante de la tecnología, que su naturalidad aparente es la única señal de identidad en un mundo sin perspectivas genuinas. Hemos llegado al extremo de aceptar su presencia artificial con gusto y sin objecciones, apenas para conformarnos con una realidad a todas luces aborrecible: la labor silente de los chismes mecánicos hace fútil cualquier actividad que prescinda de su intervención. El acto cotidiano de subir y bajar escalones de metal correctamente engranados, podría redundar en la extensión de automatismos que extingan la locomoción propia del desplazamiento físico. La atrofia a largo plazo de las extremidades humanas, superiores e inferiores, justamente aquellas partes del cuerpo que procuraron el ascenso de la civilización antropocéntrica.
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techumbre a ras de piso
A medida que envejezco el tiempo parece acelerarse. Al punto que los edificios aparentan crecer de la nada y se yerguen sobre los cielos sin esfuerzo alguno. Tal vez no advierto el verdadero origen de la velocidad del mundo. Quizás tampoco reparo en la naturaleza del confinamiento que me hace perseverar en el hábito de permanecer de pie. Quisiera tener algo más lógico que decir. En el fondo, el asiento de las sinrazones más pertinaces son las lagunas mentales que me cercan. El nombre que me conferiste es inapropiado. No me califica ni me desconoce. Huye mientras todavía queda ahínco en tus piernas.
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14/12/1975
La luz desgastada se cuela agónica sobre nuestros párpados entreabiertos y las sábanas vencidas por nuestra inquietud nocturna. En ese instante de pereza en fuga amanecemos juntos. La sintonía física, metafísica y fisiológica al fin nos hace partícipes de la dicha incolora de sabernos el uno para el otro.
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azar cúbico
Las monedas son dados de dos caras usados erróneamente para comprar cosas. Existe un país donde se retiraron las monedas circulantes, se distribuyeron dados como dinero de curso legal. Paso a explicarme sin mayores preámbulos, las monedas sirven para tomar decisiones azarosas y echar a la suerte dilemas inciertos, es decir, dirimir disputas mediante el arbitraje implacable de una moneda lanzada al aire (apuntando hacia al cielo). Tal vez es una manera de dejarlo todo a la justicia celestial. Pero, dime por qué los dados no pueden tener un valor en el intercambio comercial y el canje mercantil, por qué no pueden suplir a las monedas para comprar, de la misma forma que estos cilindros planos bifrontes (mutilados trasversalmente) usurpan las competencias y atribuciones cabalísticas de un par dados entrechocando. Su trajinar desbocado genera más esperanzas que cualquier vuelto de mandado. Propongo la gran revolución, de ahora en adelante pagar las necesidades materiales con estos sólidos de facetas multiformes. Reivindico el poder adquisitivo dormido en esos cubos de esquinas gastadas y menospreciados en su intrínseco valor monetario .
Le apuestas a Cara o cruz, o tal vez prefieres jugártela con el doble seis. A fin de cuenta todos venimos al mundo por obra del azar y nos abrimos paso a codazos en busca de una fortuna bastarda que nos salve de la ajenidad del mundo. Hijos insulares de la casualidad vamos a la deriva en el camino empedrado del tiempo extinto y un calendario agonizante.
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Le apuestas a Cara o cruz, o tal vez prefieres jugártela con el doble seis. A fin de cuenta todos venimos al mundo por obra del azar y nos abrimos paso a codazos en busca de una fortuna bastarda que nos salve de la ajenidad del mundo. Hijos insulares de la casualidad vamos a la deriva en el camino empedrado del tiempo extinto y un calendario agonizante.
tiempo a cuestas
Llegó la hora de mentar lo indecible. El último e impreciso minuto transcurre silente. La puntualidad de los relojes detenidos siempre atrapa la mirada perdida de los sustratos de mi vanidad miope. Ese estupor contemplativo es solo comparable al inerte espectáculo del tránsito flotante de las partículas de polvo mientras atraviesan los rayos de luz. Cualquier mecanismo de relojería, sumido en la atrofia desvencijada de su paroxismo, puede funcionar, es decir, marcar la hora exacta dos veces al día. Sólo se requiere de dos casualidades eventuales para que el milagro obre y la condición ruinosa de aparato roto pase inadvertida a ojos del viandante. La convicción eterna de marcar la hora de cuando se detuvo por primera vez o se movió por vez postrera, depende desde qué ángulo se aprecie, crea la ilusión convincente de que el utensilio aún puede medir el tiempo en fracciones inteligibles.
Existen relojes de sol, de arena, clepsidras, binarios, de cuerda y pulsera, incluso de baterías y con agujas dispuestas a recorrer redondas esquinas, otros distinguidos con agudos rostros esquinados, pero todos, sin lugar a cuestionamientos de catálogo, responden al mismo propósito de rendir coordenadas antes, durante y después de la jornada diaria a almas presurosas y cuerpos doblados por la puntualidad vencida.
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Existen relojes de sol, de arena, clepsidras, binarios, de cuerda y pulsera, incluso de baterías y con agujas dispuestas a recorrer redondas esquinas, otros distinguidos con agudos rostros esquinados, pero todos, sin lugar a cuestionamientos de catálogo, responden al mismo propósito de rendir coordenadas antes, durante y después de la jornada diaria a almas presurosas y cuerpos doblados por la puntualidad vencida.
Farsa evidente
Cuando asumes la farsa como estrategia de vida, no queda otra aspiración que reptar sin escándalo entre la muchedumbre. El subterfugio se aferra al deseo de ser verosímil con la fijeza estatuaria de un remordimiento indigesto. En la naturaleza del farsante, la mentira alcanza una relevancia equiparable al instinto de supervivencia. Esa obsesión fatídica y estadio de voluble sinceridad llevan a reflejarse en la esperanza vana de ser auténtico. La sombra proyectada en el rostro de sus pares luce convincente hasta acobijar a un número abultado de aduladores. La pantomima es el refugio obvio para quien huye del compromiso de averiguar quién es. El gesto emana la elocuencia retórica de despedidas más próximas a un "hasta nunca" sostenido y agudo en el tiempo.
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sueño
La maldición del sonámbulo consiste en no reconocer la autoría de sus propias acciones. En recordar con precisión amnésica su lugar en el mundo. Deambular al son de un delgado bostezo sin término.
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Nornas cibernéticas
Sangrando lava, las cordilleras de Verdandi comenzaron su misión exterminadora sobre la faz del desolado valle. Los pocos colonos sobrevivientes luchaban por rescatar sus pertenencias y llegar al transbordador. El cielo enrojecido anunciaba la llegada del final. Miles de años después de haber abandonado la tierra, los seres humanos se habían acostumbrado a errar de manera inexorable. Sus poderosos esclavos de acero, veían impertérritos repetirse los desmanes planeta tras planeta. Habían conquistado y destruido cientos, ¡miles!. La monstruosa nave-ciudad iniciaba la cuenta regresiva. Las almas menos afortunadas se apiñaban sobre la rampa de acceso gritando y atropellándose. Una compuerta implacable comenzó a cerrarse imitando a una vieja compactadora de basura. No todos entraron. Afuera quedaron cientos que, en la imposibilidad de huida, se entregaban a rezos desconocidos. También quedó Él, con la mirada sobre el punto de fuga, perdida toda esperanza. Él, único de su especie, un androide cualquiera olvidado para siempre en un planeta agonizante. Llegó la última hora, los gases tóxicos emanados del interior del planeta comenzaron su proceso de extinción. Terribles úlceras de piedra dejaban fluir sus venenosos humores por la superficie. Unas manos le suplicaron ayuda, pero no las pudo sentir. Bajo el cielo rojizo fueron cayendo cientos de cuerpos sin vida. A los pocos días los quejidos cesaron, sin embargo la mirada del robot continuó fija en el cielo en la incapacidad de cumplir su labor al lado de su “amo”. Pasaron las semanas, los meses y los siglos. Y allí, cubierto de polvo, esta única prueba humana mantuvo fija su mirada sobre un único punto. Mil años pasaron y de manera casi imperceptible el ojo electrónico se desvió una fracción infinitesimal de grado para encontrar la imprecisa luz de Urd, una azulada estrella gigante. Permaneció fijo en ella otros mil años y al cabo de ese ciclo, llegada la noche del último año, del último día, el androide decidió observar toda la galaxia. Un cielo profundo y estrellado exhibía un esplendor imposible. El rostro metálico no mostró signos legibles a la percepción humana, sin embargo, de manera sorpresiva bajó la vista y con el polvo de una historia enmudecida comenzó a vagar sobre la faz de aquel planeta muerto, sobre aquel vacío vital. ¿Qué habrá pensado? ¿Se habrá resignado a su destino? ¿Sentiría curiosidad? Nadie se planteó estas preguntas pues nadie estuvo allí. A nadie le importó y nadie lo supo nunca. ¡Qué planeta tan vasto! ¡Qué magnífica soledad!
Alberto Magno
SOMOS
Somos únicos e inalterables en nuestra convicción de relojes de cuerda. Fueron los simbolistas franceses los pioneros en el arte de ver el mundo con los oídos. Indiferentes, inertes y deseosos de pasar inadvertidos frente a la mirada escrutadora de la gente de carne y hueso, asediamos los párpados agitados de los seres humanos durmientes. Escucha la metálica caja de resonancia de nuestro pecho carcomido por la herrumbre. La piel fundida sobre piel mortecina, la máscara deshilachada de momia sin lengua, todas son las facciones de un sarcófago dentado al que debería temer toda la progenie mamífera. Los labios de nuestra faz inexpresiva son solo semejantes a la luz de la pantalla de TV a media noche. No nos darán alcance ni pretendemos vuestro cobijo. Las lecciones de vampirismo la aprendimos de los espejimos de un futuro no escrito todavía, pero presagiado en las voces de generaciones anteriores al uso razonable de la tecnología.
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Entrañas robóticas
No me había percatado del asunto, pero hace varios días descubrí mi verdadera naturaleza. No es humana ni animal. Soy un androide. Un robot humanoide cegado hasta la médula en su capacidad de establecer sintonías con las emociones ajenas. Insensible a los humores y mareas del ánimo de otros permanezco ausente mientras tomo por objetos danzantes e inanimados al resto de los mortales que me toman erróneamente como su semejante. La sensación anómala hace de mí un artificio mecánico sordo a su propia singularidad. Me muevo entre la muchedumbre, sin saber a ciencia cierta cuál es la fáctica dimensión de ser una máquina con sentimientos inaudibles. Siendo un autómata me conduzco en el deleite autista de no estar del todo presente. Sin tener conciencia exacta de las secuelas obvias de palabras y actos. Sea yo una pieza, objeto o criatura de apariencia seudo humana he podido descubrir que mi silente transito mundano es el eco empozado de quien atesora la cortesía de ser invisible al contacto humano. No se trata de un hábito torpe, sino la respuesta corriente de no considerarse parte del mundo. Carezco de la capacidad de percatarse de la existencia de otro ser.
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