Trabajo en un edificio alto con pretensiones de rascacielos. Mi mirada a diario se asoma con vértigo a los 19 pisos que me separan del suelo. Mis palabras sonarán a vanagloria ridícula. Pero la verdad sea dicha, cuando mis ojos escapan en caída libre, apenas perciben un horizonte informe de suelo y polvo. Semejante a una mosca, ajena a su cautiverio trasparente, tropiezo con empeño rutinario en la ventana, sin saber dónde termina el afuera o dónde principia el adentro. En ciertas ocasiones, mi atención se posa en las personas minúsculas que transitan sin rumbo conocido mientras sumen sus pasos en andanzas hormigueantes. He calculado cuánto miden a efectos de la distancia visual. El espejismo óptico, demarcado por la estatura del edificio, susurra proporciones que siquiera superan los 4 milímetros. La medida taxativa y fidedigna surge de proporciones de alfiler liliputiense. Triste resultado de una pantomima de pinza, hecha sin otros enseres que el vacío imaginario entre el dedo índice y el pulgar de mi mano diestra. Por momentos, el delirio me hace pensar que puedo aplastar, a mi antojo, cada una de las cabezas zigzageantes, en un juego de decapitaciones microscópicas sin propósito definido. Luego recapacito. Es una idea tan descabellada como dar albergue a la esperanza de tropezarme con alguna cara amistosa en mi camino de regreso a casa. Mi presencia intangible en el mundo acaso tendrá un sentido. O el enigma se afianza con la imposibilidad física de encontrar empatía en los otros. Es extraña la sustancia desolada de esta grandeza cabizbaja de hombre encumbrado en las alturas de un edificio. Es como ser grande sin tener pies propios, debe ser la sensación tácita al sedentarismo desvalido de los árboles, seres de ramas móviles y raíces enterradas a perpetuidad.
lecho marino
Para idearme un futuro acorde con mis ilusiones requiero aferrarme a la imaginación. Para mi pesar, en el trato con mi pasado, también debe mediar la fantasía, si aspiro a no permanecer sepultado en vida por gracia del rudo lastre de recuerdos mal digeridos.
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Descubierto
De pequeño fantaseaba con ser invisible. Con el pasar del tiempo una actitud silente junto a un andar quedo y monosilábico casi me convencieron del arte de mis propósitos. Mi equivocación se manifestó evidente con la llegada de la madurez y los cambios fisonómicos inherentes a ella. El disimulo no pudo esconderme de la vergüenza de ser observado. La inquietud de mis ojos delataban de antemano la crudeza de un mundo interior en todo su inestable hermetismo. Luego de serios desencuentros descubrí que, pasar inadvertido, requiere de cierto combustible interior difícil de cultivar. La introspección es como la luz violeta alrededor de una llama a punto de extinguirse. Sin duda, el sigilo es un hábito despojado de las secuelas visibles de los vicios más vulgares. Hacerse invisible se compara, más bien, a ese morbo que acompaña tu mirada esquiva cuando sucumbe a la tentación de posarse sobre la imagen de un rostro desfigurado o la deformidad física de una persona, tornada de pronto, en inesperada compañera de viaje en el ascensor de tu edificio. La sensación análoga consiste en encerrarse detrás de los marcos de un espejo imaginario mientras imaginas no ser visto, a eso precisamente me refiero.
Por otro lado, escurrirse implica moverse entre los sonidos de un mundo escandaloso y dotarse de una apariencia casi invariable. Emparedarse en rituales cotidianos predecibles bastante cercanos a los esfuerzos de rendir tu aliento durante una inmersión submarina. Nuestro paso por el mundo deja tras sí un rastro sonoro mayor, sin temor a dudas, a la evidencia visual, el ruido es la estela más hiriente a la vista de aquellos interesados en darnos alcance.
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Por otro lado, escurrirse implica moverse entre los sonidos de un mundo escandaloso y dotarse de una apariencia casi invariable. Emparedarse en rituales cotidianos predecibles bastante cercanos a los esfuerzos de rendir tu aliento durante una inmersión submarina. Nuestro paso por el mundo deja tras sí un rastro sonoro mayor, sin temor a dudas, a la evidencia visual, el ruido es la estela más hiriente a la vista de aquellos interesados en darnos alcance.
miopía lateral
Reconozco la familiaridad de los rostros desconocidos cuando mi mirada perdida acertija el horizonte blando de mis caminos hechos hilachas. Cuando el tránsito banal de mis pies atestiguan cansancio y me encajan, con precisión inconforme, al abrigo abultado de las multitudes. Es el lugar espontáneo donde prefiero descubrir el espejismo de un presente que me contempla, mientras sondeo los extravíos de mi memoria. Encuentro la volatilidad de similitudes pasajeras en el semblante itinerante de esas caras en fuga lateral, devenidas de pronto en recuerdo fosilizado de un pasado exprimido por mi mente agotada. Alucino con la somera posibilidad de recrear en ausencia el retrato de fisonomías sepultadas por el paso del tiempo y la ajenidad de recuerdos trasfigurados en sueños desvencijados.
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Cielo abierto
Debe existir una palabra para nombrar el vértigo que embarga a quien mira el cielo en toda su vasta amplitud. El arriba, suerte de acertijo de bizcos, tuerce cuellos a voluntad. Revela la inanidad de cualquier pensamiento humano. Toda cavilación, abovedada bajo la cerradura de la premeditación, resulta descubierta en su flaqueza, cuando nuestros ojos desorbitados se asoman al interminable talante de todo cuanto flota sobre nuestras cabezas. Contemplar la danza de las nubes a la deriva hipnotiza hasta la imaginación más gris. Con pasmo asistimos a nuestra vanidad hecha trizas y damos cobijo, sin saberlo, a la indisciplina del abismo aplastante que nos sirve de techo. Nuestros deseos, sin cabalgadura, se encumbran a la sombra de esos cirros de enfilada ingravidez. Quiero irme a la caza del olvido de mis pies y no volver a "pisar la tierra". Anhelo dormir arrullado por los hábitos vocingleros del viento seco y las lágrimas bien escurridas de mis párpados entumecidos. Salvaje espejismo, que para cegarme, se vale del esplendor peregrino de un rayo de sol y el hastío de pertenecer al mundo.
pathos
Cualquier padecimiento, sin distingo, cualquiera sea su gravedad, naturaleza o manifestación sintomática, genera alrededor cuotas equivalentes de aversión y cautela. Ya sean males de secuelas visibles, o bien, dolencias imaginarias de achaques de fragua aprendida, todas las enfermedades resultan contagiosas a ojos de los sanos. Cualquier deterioro de cuerpo o mente trae consigo el distanciamiento y guardia en alto del resto de los mortales. Esa lejanía marcada de tus congéneres confiere el inexorable carácter de pestilencia hasta a la más mínima alteración de la salud. Puede expresarse ella en insana condescendencia, indiferencia absoluta o reservas permanentes hacia los requiebros agónicos de tu organismo.
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Placidez insular
El gobierno de los instintos sobre la razón adelgaza nuestros pensamientos. Sin embargo, bien quisiera sepultarme en vida en las zonas no civilizadas de mi mente. Engullir a trozos las riendas de mi sensatez hasta sumergirme en el atavismo de los apetitos sin hartazgo posible. Esa insularidad a la deriva surca los confines del prejuicio y la laguna mental. La añoranza de la Plácida Isla de la Ignorancia se abre paso entre una mezcla de sentimientos encontrados (por obra del azar). Dime cuándo atracaré finalmente en el puerto del olvido del pasado tormentoso.
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cuesta abajo
Envejecer es un ritual aparatoso, urgente y sin término aparente. Atroz maniobra de superviviente de cara al olvido de sí. Abrazar el componente alucinatorio de la realidad en cada atisbo de pensamiento. La voluntad propia atardece y, esquiva, parece empujarnos a tropiezos accidentados hacia el anonimato. Son el respeto reverencial y el trato distante de los jóvenes, estigmas, que nos recuerdan la invisible huella de nuestro tránsito veloz entre las sombras confusas y caretas fantasmales del mundo conocido.
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sepulturero insomne
Le pregunto a todos mis ancestros muertos de huesos carcomidos.
Qué diferencia existe entre un pensamiento inconfeso y un sueño incomprensible.
No recibo respuesta.
Apenas el techo silente de grises madrugadas. Es el parpadeo insomne de quien se desvela por mantenerse en sus cabales.
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Qué diferencia existe entre un pensamiento inconfeso y un sueño incomprensible.
No recibo respuesta.
Apenas el techo silente de grises madrugadas. Es el parpadeo insomne de quien se desvela por mantenerse en sus cabales.
causa y efecto
Todas las respuestas de la vida conducen a la única y asible certeza:
Жизнь отстой
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Жизнь отстой
Laberinto rectilíneo
Recorro a ciegas la esbelta continuidad de los rieles dispuestos bajo mis pies calzados, mientras me aferro a la ropa debidamente escogida antes de la salida del sol, para nada ignorante de mi destino, anticipo la llegada en el ruido metálico y el desequilibrio de mis brazos sin asidero. La rutinaria incomodidad de la maroma de mantenerse en pie, entre las estrecheces de un espacio asediado por la aplastante compañía de las muchedumbres, signa el movimiento gravitatorio de cuerpos estacionarios y obsesos de puntualidad. Descubro la reveladora certeza de cómo el túnel rectilíneo puede tornarse de pronto en laberinto. El extravío de no saber dónde me encuentro está determinado por la extrañeza ilegible de cartógrafo analfabeta. Mi tránsito de prisionero aborda la ignota oscuridad de un encierro rodante sin esquinas y sendas emparedadas tubulares. Este cotidiano infierno cilíndrico de emanaciones corporales viaja con paso envolvente hacia la oscuridad vencida por luces intermitentes. Sin rezago el milagro puede obrarse en nombre de una enfilada locomoción eléctrica. Quien se abre paso, entre una intimidad fraguada sin consentimiento y un contacto físico sujeto a los caprichos anónimos de las grandes aglomeraciones, busca hacerse de un lugar en el mundo de las peregrinaciones sin objeto.
Inercia vegetativa
Apelo a esa maldad recóndita e instintiva para sobrevivir al lastre de la lentitud.
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espina dorsal
No me persigo para dar alcance a mi cuerpo de espaldas, sino más bien mastico alternativas que me permitan escabullirme.
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UCRONÍA
Salvo el poder de la ensoñación con circunstancias negadas por el contundente peso del presente, y agazapadas dentro de los márgenes nutricios de la imposibilidad. Me refiero a que esa situación actual, aborrecida y desdeñada, como fuente de la desdicha, es fácilmente abrazada con indulgente resignación por obra de la costumbre. Sin embargo, pensar, sin mezquindad, en las alternativas brindadas por las sendas donde se desvió nuestro camino, y se torció el destino que nos trajo hasta aquí, es una fantasía recurrente. Pensarse otro, es, en muchos sentidos, preguntarse sobre la apariencia de nuestra vida si pudieran enderezarse las esquinas de instantes remotos. El juicio emanado de situaciones hipotéticas tiene el regusto condicional de la fuga a un tiempo apacible donde nuestros errores no nos pesen. La huella del pasado inalterable está tatuada con la fijeza de un trauma cada vez que arrastramos los pies, damos vuelta porque creemos ser espiados por un extraño, cuando olvidamos el contenido de nuestros bolsillos o, por casualidad, el ocio nos sorprenden fabulando con la apariencia infantil de nuestros padres.
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Lobotomía química
La vela derrama su cuerpo en el suelo que la sostiene. Debilitada en sus cimientos, la carne desfigurada adquiere formas caprichosas y enmascara su rostro hasta tornarlo irreconocible ante el espejo. La desnudez descuartizada de una anatomía en caída compone un cuadro que sólo alcanza consuelo en el horizonte rayano del piso. El combustible son los sesos licuados en busca del estupor. El incendio presentido en la destrucción voluntaria de una memoria averiada que, sin reparar en motivos, emprende un viaje a la caza de los yerros de una inconveniente percepción de la realidad. Mezcla indivisa de culpa y exhibicionismo de la intimidad, en el proceso, migran al vacío las formas coherentes de la conciencia. Complaciente sangría de curandero, que so pretexto del buen andar y supervivencia, sacrifica las cadencias naturales y los requiebros congénitos más caros. Es el sufriente tránsito a la abolición del yo.
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mono LOGOS
Los monosílabos son las palabras más elocuentes.
Son el credo de los hombres invisibles,
y el camuflaje obvio de los secretos represados por la vergüenza.
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Son el credo de los hombres invisibles,
y el camuflaje obvio de los secretos represados por la vergüenza.
Yoes
El deseo es una pulsión trasgresora. Crece con la prohibición y recorre la senda vedada por alternativas imposibles. Todo depende de una coincidencia que se revela en desgarradura fisonómica sin escondrijo posible. Las barreras antepuestas a las relaciones con el otro intensifican el misterioso regocijo de desconocerse en manos ajenas. Ese arrullo ensordece discernimiento, voluntad y los instintos de conservación. Una suerte de asfixia envolvente rodea el hecho de mostrarse dócil e inerme frente a una persona ansiada en nombre de los sentimientos más nobles. La entrega te columpia hacia un lance ciego y autodestructivo. Quien sobrevive no eres tú, más bien, una transfiguración simbiótica y alterada; una criatura bicéfala, que resulta una imagen bastante estropeada de tu vida pasada. Yacen apacibles los ratos de soledad, el vértigo ante lo desconocido y los aparejos tensos del amor propio.
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foso gravitatorio
Las razones del suicida no admiten discusión. En su proclama, silente y encriptada, afianzan un desprecio por la vida. En ese desdén guardan enfundado el secreto de las despedidas. Enterrarse en vida sin ataduras ni desconsuelos hasta cavar un foso donde yacer en paz, para luego descoyuntarse de bruces con los ojos bien abiertos. Se trata de un atajo que nos ahorra el esfuerzo de presenciar nuestra adolorida ruina corporal.
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NEOTENIA
El término identifica a cierto atributo exclusivo del ser humano. Es la capacidad de conservar la apariencia pueril en el tránsito a la madurez, es decir, la presencia de características corporales propias de la infancia en etapas de la vida adulta. A medida que aumenta la longevidad humana también se agudiza el fenómeno de la neotenia. En realidad corresponde a un mecanismo evolutivo de supervivencia de la especie. Resulta natural que al ser simios excepcionales se tengan francas dosis de ambiguación taxonómica. Entre esos rasgos destaca la piel lampiña, la orientación hacia delante de los pies, el cuello erguido en exceso y suficientemente largo para distanciarse del tronco, además, las proporciones equitativas entre las dimensiones de las orejas y el tamaño de la cabeza. Otras especies de mamíferos se van desfigurando progresivamente hasta resultar irreconocibles, ya sea producto del envejecimiento , o debido a su relación parasitaria con la naturaleza en procesos de metamorfosis drásticos.
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tecnofobia
El alumbramiento de la era tecnológica reprodujo la crédula y exagerada confianza en el futuro bondadoso de máquinas benefactoras. El progreso técnico visto como oportunidad providencial y agente facilitador de la vida cotidiana no es un mero tópico cultural. De esta huella que impregna el origen de la sociedad mecanizada, emerge la idea fundante de que el mundo técnico, nos depara un sinfín de bondades y que su llegada viene a hacernos la vida más fácil; tras esta promesa, mil veces postergada, se esconde el gran fiasco del Progreso. Sin embargo, la trama de la vida cotidiana desmiente que los aparatos y artefactos aligeren con gracia y diligencia nuestro tránsito mundano. Más bien es frecuente sucumbir a errores cuando se instrumentan esfuerzos para operarlas. La tecnología es absorbente y genera dependencia. Por esta razón, el futuro prometido, hechura de nuestro presente, ha tornado amenazante la presencia de las máquinas ya que no podemos vivir sin ellas. Toda una dependencia asfixiante que reduce nuestra voluntad propia a un gestual remedo de autómata. Nos familiarizamos tanto con el artificioso talante de la tecnología, que su naturalidad aparente es la única señal de identidad en un mundo sin perspectivas genuinas. Hemos llegado al extremo de aceptar su presencia artificial con gusto y sin objecciones, apenas para conformarnos con una realidad a todas luces aborrecible: la labor silente de los chismes mecánicos hace fútil cualquier actividad que prescinda de su intervención. El acto cotidiano de subir y bajar escalones de metal correctamente engranados, podría redundar en la extensión de automatismos que extingan la locomoción propia del desplazamiento físico. La atrofia a largo plazo de las extremidades humanas, superiores e inferiores, justamente aquellas partes del cuerpo que procuraron el ascenso de la civilización antropocéntrica.
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techumbre a ras de piso
A medida que envejezco el tiempo parece acelerarse. Al punto que los edificios aparentan crecer de la nada y se yerguen sobre los cielos sin esfuerzo alguno. Tal vez no advierto el verdadero origen de la velocidad del mundo. Quizás tampoco reparo en la naturaleza del confinamiento que me hace perseverar en el hábito de permanecer de pie. Quisiera tener algo más lógico que decir. En el fondo, el asiento de las sinrazones más pertinaces son las lagunas mentales que me cercan. El nombre que me conferiste es inapropiado. No me califica ni me desconoce. Huye mientras todavía queda ahínco en tus piernas.
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14/12/1975
La luz desgastada se cuela agónica sobre nuestros párpados entreabiertos y las sábanas vencidas por nuestra inquietud nocturna. En ese instante de pereza en fuga amanecemos juntos. La sintonía física, metafísica y fisiológica al fin nos hace partícipes de la dicha incolora de sabernos el uno para el otro.
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azar cúbico
Las monedas son dados de dos caras usados erróneamente para comprar cosas. Existe un país donde se retiraron las monedas circulantes, se distribuyeron dados como dinero de curso legal. Paso a explicarme sin mayores preámbulos, las monedas sirven para tomar decisiones azarosas y echar a la suerte dilemas inciertos, es decir, dirimir disputas mediante el arbitraje implacable de una moneda lanzada al aire (apuntando hacia al cielo). Tal vez es una manera de dejarlo todo a la justicia celestial. Pero, dime por qué los dados no pueden tener un valor en el intercambio comercial y el canje mercantil, por qué no pueden suplir a las monedas para comprar, de la misma forma que estos cilindros planos bifrontes (mutilados trasversalmente) usurpan las competencias y atribuciones cabalísticas de un par dados entrechocando. Su trajinar desbocado genera más esperanzas que cualquier vuelto de mandado. Propongo la gran revolución, de ahora en adelante pagar las necesidades materiales con estos sólidos de facetas multiformes. Reivindico el poder adquisitivo dormido en esos cubos de esquinas gastadas y menospreciados en su intrínseco valor monetario .
Le apuestas a Cara o cruz, o tal vez prefieres jugártela con el doble seis. A fin de cuenta todos venimos al mundo por obra del azar y nos abrimos paso a codazos en busca de una fortuna bastarda que nos salve de la ajenidad del mundo. Hijos insulares de la casualidad vamos a la deriva en el camino empedrado del tiempo extinto y un calendario agonizante.
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Le apuestas a Cara o cruz, o tal vez prefieres jugártela con el doble seis. A fin de cuenta todos venimos al mundo por obra del azar y nos abrimos paso a codazos en busca de una fortuna bastarda que nos salve de la ajenidad del mundo. Hijos insulares de la casualidad vamos a la deriva en el camino empedrado del tiempo extinto y un calendario agonizante.
tiempo a cuestas
Llegó la hora de mentar lo indecible. El último e impreciso minuto transcurre silente. La puntualidad de los relojes detenidos siempre atrapa la mirada perdida de los sustratos de mi vanidad miope. Ese estupor contemplativo es solo comparable al inerte espectáculo del tránsito flotante de las partículas de polvo mientras atraviesan los rayos de luz. Cualquier mecanismo de relojería, sumido en la atrofia desvencijada de su paroxismo, puede funcionar, es decir, marcar la hora exacta dos veces al día. Sólo se requiere de dos casualidades eventuales para que el milagro obre y la condición ruinosa de aparato roto pase inadvertida a ojos del viandante. La convicción eterna de marcar la hora de cuando se detuvo por primera vez o se movió por vez postrera, depende desde qué ángulo se aprecie, crea la ilusión convincente de que el utensilio aún puede medir el tiempo en fracciones inteligibles.
Existen relojes de sol, de arena, clepsidras, binarios, de cuerda y pulsera, incluso de baterías y con agujas dispuestas a recorrer redondas esquinas, otros distinguidos con agudos rostros esquinados, pero todos, sin lugar a cuestionamientos de catálogo, responden al mismo propósito de rendir coordenadas antes, durante y después de la jornada diaria a almas presurosas y cuerpos doblados por la puntualidad vencida.
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Existen relojes de sol, de arena, clepsidras, binarios, de cuerda y pulsera, incluso de baterías y con agujas dispuestas a recorrer redondas esquinas, otros distinguidos con agudos rostros esquinados, pero todos, sin lugar a cuestionamientos de catálogo, responden al mismo propósito de rendir coordenadas antes, durante y después de la jornada diaria a almas presurosas y cuerpos doblados por la puntualidad vencida.
Farsa evidente
Cuando asumes la farsa como estrategia de vida, no queda otra aspiración que reptar sin escándalo entre la muchedumbre. El subterfugio se aferra al deseo de ser verosímil con la fijeza estatuaria de un remordimiento indigesto. En la naturaleza del farsante, la mentira alcanza una relevancia equiparable al instinto de supervivencia. Esa obsesión fatídica y estadio de voluble sinceridad llevan a reflejarse en la esperanza vana de ser auténtico. La sombra proyectada en el rostro de sus pares luce convincente hasta acobijar a un número abultado de aduladores. La pantomima es el refugio obvio para quien huye del compromiso de averiguar quién es. El gesto emana la elocuencia retórica de despedidas más próximas a un "hasta nunca" sostenido y agudo en el tiempo.
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sueño
La maldición del sonámbulo consiste en no reconocer la autoría de sus propias acciones. En recordar con precisión amnésica su lugar en el mundo. Deambular al son de un delgado bostezo sin término.
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Nornas cibernéticas
Sangrando lava, las cordilleras de Verdandi comenzaron su misión exterminadora sobre la faz del desolado valle. Los pocos colonos sobrevivientes luchaban por rescatar sus pertenencias y llegar al transbordador. El cielo enrojecido anunciaba la llegada del final. Miles de años después de haber abandonado la tierra, los seres humanos se habían acostumbrado a errar de manera inexorable. Sus poderosos esclavos de acero, veían impertérritos repetirse los desmanes planeta tras planeta. Habían conquistado y destruido cientos, ¡miles!. La monstruosa nave-ciudad iniciaba la cuenta regresiva. Las almas menos afortunadas se apiñaban sobre la rampa de acceso gritando y atropellándose. Una compuerta implacable comenzó a cerrarse imitando a una vieja compactadora de basura. No todos entraron. Afuera quedaron cientos que, en la imposibilidad de huida, se entregaban a rezos desconocidos. También quedó Él, con la mirada sobre el punto de fuga, perdida toda esperanza. Él, único de su especie, un androide cualquiera olvidado para siempre en un planeta agonizante. Llegó la última hora, los gases tóxicos emanados del interior del planeta comenzaron su proceso de extinción. Terribles úlceras de piedra dejaban fluir sus venenosos humores por la superficie. Unas manos le suplicaron ayuda, pero no las pudo sentir. Bajo el cielo rojizo fueron cayendo cientos de cuerpos sin vida. A los pocos días los quejidos cesaron, sin embargo la mirada del robot continuó fija en el cielo en la incapacidad de cumplir su labor al lado de su “amo”. Pasaron las semanas, los meses y los siglos. Y allí, cubierto de polvo, esta única prueba humana mantuvo fija su mirada sobre un único punto. Mil años pasaron y de manera casi imperceptible el ojo electrónico se desvió una fracción infinitesimal de grado para encontrar la imprecisa luz de Urd, una azulada estrella gigante. Permaneció fijo en ella otros mil años y al cabo de ese ciclo, llegada la noche del último año, del último día, el androide decidió observar toda la galaxia. Un cielo profundo y estrellado exhibía un esplendor imposible. El rostro metálico no mostró signos legibles a la percepción humana, sin embargo, de manera sorpresiva bajó la vista y con el polvo de una historia enmudecida comenzó a vagar sobre la faz de aquel planeta muerto, sobre aquel vacío vital. ¿Qué habrá pensado? ¿Se habrá resignado a su destino? ¿Sentiría curiosidad? Nadie se planteó estas preguntas pues nadie estuvo allí. A nadie le importó y nadie lo supo nunca. ¡Qué planeta tan vasto! ¡Qué magnífica soledad!
Alberto Magno
SOMOS
Somos únicos e inalterables en nuestra convicción de relojes de cuerda. Fueron los simbolistas franceses los pioneros en el arte de ver el mundo con los oídos. Indiferentes, inertes y deseosos de pasar inadvertidos frente a la mirada escrutadora de la gente de carne y hueso, asediamos los párpados agitados de los seres humanos durmientes. Escucha la metálica caja de resonancia de nuestro pecho carcomido por la herrumbre. La piel fundida sobre piel mortecina, la máscara deshilachada de momia sin lengua, todas son las facciones de un sarcófago dentado al que debería temer toda la progenie mamífera. Los labios de nuestra faz inexpresiva son solo semejantes a la luz de la pantalla de TV a media noche. No nos darán alcance ni pretendemos vuestro cobijo. Las lecciones de vampirismo la aprendimos de los espejimos de un futuro no escrito todavía, pero presagiado en las voces de generaciones anteriores al uso razonable de la tecnología.
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Entrañas robóticas
No me había percatado del asunto, pero hace varios días descubrí mi verdadera naturaleza. No es humana ni animal. Soy un androide. Un robot humanoide cegado hasta la médula en su capacidad de establecer sintonías con las emociones ajenas. Insensible a los humores y mareas del ánimo de otros permanezco ausente mientras tomo por objetos danzantes e inanimados al resto de los mortales que me toman erróneamente como su semejante. La sensación anómala hace de mí un artificio mecánico sordo a su propia singularidad. Me muevo entre la muchedumbre, sin saber a ciencia cierta cuál es la fáctica dimensión de ser una máquina con sentimientos inaudibles. Siendo un autómata me conduzco en el deleite autista de no estar del todo presente. Sin tener conciencia exacta de las secuelas obvias de palabras y actos. Sea yo una pieza, objeto o criatura de apariencia seudo humana he podido descubrir que mi silente tránsito mundano es el eco empozado de quien atesora la cortesía de ser invisible al contacto humano. No se trata de un hábito torpe, sino la respuesta corriente de no considerarse parte del mundo. Carezco de la capacidad de percatarme de la existencia de otro ser.
